Ian Q contó sus flechas. Diecinueve. No quería cargar nada extra para el concurso que ya de por sí mismo, sería extenuante. El mejor cazador del sector rural era también el más pobre.

Nunca se perdonaría no haber podido salvar a su hermano, cuando los cobradores de impuestos del gobierno irrumpieron en su humilde hogar demandando pago y raptando a su hermano mayor como forma alternativa de recolectar sus impuestos; se lo llevaron--para tomar el simple papel de obstáculo en el concurso.

Este año, Ian Q no iba a permitir que le arrebataran a otro ser querido. Estaba dispuesto a matar a diecinueve participantes (y ganar el concurso) si era necesario.

Cuando la sirena anunció el comienzo del torneo ya estaba en pie, con arco en mano, ignorando los estúpidos consejos del robot entrenador, quien le sugería dormir hasta el último minuto posible. Se abrió la puerta de su celda espartana con un ruido de metálico, e Ian Q salió al corredor iluminado. Avanzó con ojos entrecerrados y ceño fruncido.

"¡Y este año tenemos un voluntario!" anunciaba un comentarista de voz afeminada. "Un tal Ian Q del sector rural," dijo entre risas. "Algo completamente inaudito. En fin, voluntario o no, ¡será sometido a los mismos rigores y peligros que el resto de los concursantes!"

El sorteo dejó a Ian Q en tercer lugar. Aunque era mejor que entrar en la arena último, igual tendría que lidiar con los dos concursantes que ingresarían antes que él--con suficiente tiempo de tenderle una emboscada. Asumiendo, claro, que no fueran vítimas del pánico: era muy común que al comenzar el torneo los participantes cometieran la estupidez de salier corriendo despavoridos, como si fuera posible escapar de la zona de juego.

Ian Q no pudo ver sus dos primeros rivales, al igual que los que vendrían detrás no lo podrían ver a él. Pero no tenía miedo. Sentía, en realidad, un impulso sobrenatural de aplacar la furia dentro de su ser; de destruír, de vengarse de alguna forma por la pérdida de su hermano; de proteger lo que quedaba de su familia. No le importaba morir, como le dejó en claro a su madre y a al resto de sus hermanos antes de partir del sector rural.

La gruesa puerta del corredor, atravesada por dos vigas metálicas embadurnadas en grasa negra, se abrió quejándose y la oscuridad de la arena lo sorprendió. ¿El concurso comenzaba de noche? ¡Bastardos!
Sus instintos de supervivencia no le permitieron seguir maldiciendo al gobierno opresor; raudamente se agachó y se deslizó con la pared a sus espaldas, esperando tener suficiente tiempo para que sus ojos se acostumbraran a la oscuridad.

Hasta que se tropezó con un bulto y cayó de costado, siempre pegado a la pared. El segundo contrincante seguramente. ¿O el primero? No tuvo tiempo de enterarse, porque el grito gutural le perforó los tímpanos. Sea lo que fuere venía de frente, sabiendo exactamente dónde Ian Q estaba. Sin perder un segundo, soltó su flecha. El grito gutural cambió por el gargajeo desesperado de alguien que se ahoga en su propia sangre.

Quedan diecisiete, pensó Ian Q mientras se adentraba en la oscuridad de la arena.