Ian Q quedó suspendido en el vacío--como si la realidad fuera pasajera del tren, dejándolo abandonado en la nada. ¿Se estaba volviendo loco?

Si esta era otra de sus pesadillas, por lo menos no estaba de nuevo en la arena del torneo mortal de la otra noche. Aunque no sabía qué era peor: competir hasta la muerte o encontrarse en medio del infinito.

Miró hacia todos lados sin ver otra cosa que su propio cuerpo; sus vestimentas no eran la mismas. Su mochila fue reemplazada por el maldito arco y flechas otra vez.

No estaba en el espacio; podía respirar el aire frío, completamente inodoro, y sentía gravedad. ¿Estaba cayendo? Todo alrededor era negro como una noche nublada sin luna. Pero no sentía viento.

Desesperado, gritó: "¿Qué sucede? ¿Dónde estoy?"

Una extraña voz, como de coro, le respondió: "Estás donde quieras estar, Ian Q. Es tu elección el lugar y tiempo que quieras corregir. No reniegues de tus tareas. ¡Siempre olvidas tu verdadero propósito en este universo!"

Ian Q cerró los ojos, y la oscuridad que lo rodeaba se volvió más oscura aún. ¡Quiero volver a casa! Pensó con todas sus fuerzas, como si su cerebro fuera un músculo capaz de levantar la Tierra.

Pero "casa" es una palabra que significa diferentes cosas para diferentes personas, computadoras, clones, androides y, sobre todo, semi-dioses.

Al abrir los ojos, Ian Q ya no estaba rodeado de la nada. Se encontraba en medio de un cruce de calles. Un vehículo que transitaba por la avenida polvorienta se detuvo con una grosera frenada a escasos metros de él, tocando furiosamente su bocina. El conductor lo observó con cara de sorpresa y odio. Llevaba un uniforme verde y un gorrito con una estrella roja en la frente y aletas que caían a ambos costados.

A los gritos, el soldado se bajó de su cachila y le apuntó con su rifle, cerrando sus ojos achinados. Más soldados vinieron corriendo y lo apresaron. Uno de ellos le arrancó el arco y las flechas de su espalda. Otro soldado, a quien todos saludaron, se acercó y lo examinó de pies a cabeza, como si fuera un insecto raro. Tenía bajo el brazo un periódico en un idioma que Ian Q no entendía. En la parte superior había un dibujo de una esfera roja de la cual salían rayos, también rojos, en todas direcciones. Al lado del dibujo había un número: 1945.

El oficial enrolló el periódico y le propinó tal golpe en la cara que Ian Q quedó mirando hacia su derecha, a una plaza, en cuyo centro flameaba, en lo alto de un poste, una bandera que lucía igual al dibujo.

Luego le pusieron una bolsa en la cabeza y lo arrastraron bruscamente por la calle polvorienta.