"Maldita sea, ha generado una ilusión en New York. Mi trampa del torneo no funcionó y ahora debo ir a buscarlo allí."

"De acuerdo, John Three. Si piensas que puedes recuperar a Ian Q, tienes mi autorización."

John Three saludó al comandante y corrió a la enfermería. Allí lo hicieron acostar sobre una camilla, le colocaron los sensores corticales sobre su cabeza pelada y le inyectaron las drogas inhibidoras. Cuando John Three abrió los ojos se encontró en el New York de la Gran Depresión. No iba a ser sencillo encontrar a Ian Q allí; todo el mundo deambulaba las calles en harapos, con la única preocupación de conseguir un plato de sopa antes de ir a dormir entre cartones en algún callejón.

¿Cuántas de las personas sin hogar que marchaban sin rumbo por las calles llenas de basuras eran reales, cuántas eran simplemente retazos de la imaginación de Ian Q? Debía encontrarlo lo antes posible. Si Ian Q seguía en sus fantasías, todos los años de trabajo habrían sido en vano. John Three no se iba a dar por vencido, sin embargo. Si no liberaba a un ser humano de la droga, él mismo no sería liberado de su oficio tampoco. Y quería reencontrarse con su familia, aunque fuera nada más que en la claustrofóbica cueva, el último refugio de la humanidad.

Las sirenas lo distrajeron de sus pensamientos. En la tarde que moría, las luces de un vehículo policial le hicieron prestar atención al final de la calle, donde se habían amontonado un número de personas y los policías trataban de evitar que arruinaran la escena del crimen. Al acercarse John Three vió los tres cuerpos; vagabundos como la mayoría de los que se agolpaban para mirar. Pero los tres cuerpos tenían una flecha en la espalda cada uno.

John Three miró en todas direcciones. Tras una ventana rota del tercer piso del edificio decrépito que terminaba de formar el callejón, vió una figura furtiva, espiando. Le pareció ver la punta de un arco asomando por un segundo, hasta que fue rápidamente retraído. Tenía que ser Ian Q, ¿quién otro andaría con arco y flechas en el New York de 1929? John Three dió la vuelta al edificio tranquilamente para no llamar la atención de los policías que retiraban los cuerpos, hasta que encontró una puerta de metal abollada. Sin pensarlo dos veces, le propinó una brutal patada que la abrió de par en par.

Tras la puerta, al pie de una escalera en caracol, lo esperaba Ian Q, arco y flecha en mano. Apuntándole al corazón.

"¡Tranquilo, Ian Q, tranquilo! ¡He venido a ayudarte! Me llamo John Three, agente especial asignado a tu caso. Por favor, deja de apuntarme. Si me matas, sólo habrás logrado enlentecer tu recuperación, y que a mí me castiguen por incompetencia." Viendo la cara de confusión de Ian Q, pero por sobre todo que había bajado parcialmente la flecha para observarlo con ojos sorprendidos, John Three agregó, "Esto no es real, nada de lo que has experimentado los últimos años de tu vida fue real. Estás en la simulación para sobrevivientes, de la cual tantos se han vuelto adictos."

Ian Q bajó el arco y guardó la flecha detrás de su espalda. "¿Qué  simulación? ¡Soy un dios! ¡Una inteligencia superior!"

"Lo que eres," dijo John Three, "no es ni más ni menos que un sobreviviente de la tercer guerra mundial, al igual que yo y las otras diez mil almas que habitamos en el refugio--el último refugio. Pero tú te has vuelto adicto a la simulación que te permite escapar de la miserable caverna donde has nacido, la simulación que usamos para evitar que la gente se vuelva loca. En tu caso, no podemos lograr que te desconectes sin matarte. Tu mente está tan convencida que perteneces a esos mundos de fantasía que has creado que si cortamos la conexión, te mataríamos."

Ian Q se agarró la cabeza y empezó a girarla como si fuera un trompo.

"Es normal que estés confundido," dijo John Three. "No eres la primera persona que he recuperado. Con el tiempo, volverás a la normalidad. Pero debes ayudarme a ayudarte, no puedo recuperarte yo sólo."

"¿Qué debo hacer?"

John Three sabía que esto sería la etapa crítica. Si el paciente no creía, o no estaba convencido que todo era una ilusión, se iba a resistir.

"Debes morir. En tu fantasía, claro. No morirás en la vida real, pero tu mente debe separarse de este mundo que ha creado. Y la única forma es morir, luego que a tu mente le ha sido revelada la verdad."

"¿Estás loco? ¿Por qué debo creerte? ¿Cómo sé que dices la verdad?"

Lo que John Three temía. Tendría que mostrarle imágenes de los sueños ridículos de tantos años, que siempre terminaba convenciendo al paciente más desconfiado. Pero un policía irrumpió repentinamente en el edificio y gritó: "¡Manos en alto! ¿Quiénes son ustedes?"

John Three pensó rápidamente. Tal vez esto no era tan malo después de todo. Sabía que el policía detrás de él tendría su pistola en las manos, así que se zambulló al suelo, gritando desesperado, "¡Agente! ¡Este loco del arco y las flechas me quiere matar!"

Desde el suelo vió la cara de susto del joven policía, sus manos temblorosas mientras apuntaba a Ian Q y le ordenaba con una voz entrecortada que largara el arco al piso y se arrodillara. El confundido Ian Q sacó una flecha tan rápidamente como si fuera un sueño; a la velocidad del pensamiento. Luego disparó. Pero una bala es más rápida, y cuando la flecha penetraba el corazón del joven policía, que John Three sospechaba que era una persona real, no una imaginaria, su bala atravesaba la frente de Ian Q, quien colapsó sobre sus rodillas y luego cayó de espaldas, girando hacia un costado debido a la aljaba de flechas.

John Three se levantó, sonriente. No era todos los días que lograba recuperar dos pacientes a la vez. Cuando abrió los ojos en la enfermería, el comandante le informó que Ian Q y el "policía" se encontraban fuera de peligro, aunque, claro, deberían estar bajo observación por unas semanas. Los dos habían estado en la simulación desde temprana edad.

John Three se retiró de la enfermería contento que finalmente podría ver a su esposa e hijo, tras tantos meses, en su pequeño rincón de la caverna que albergaba a los últimos sobrevivientes de la apocalipsis nuclear. Una vez que los restantes pacientes fueran desconectados de la maldita simulación, ideada para que no se volvieran locos por vivir sus vidas bajo tierra, el comandante ordenaría la destrucción de esa computadora de los sueños.

Quién sabe, tal vez John Three se iba a presentar como voluntario para desarmarla pieza por pieza. Por más oscura, húmeda y deprimente que fuera la vida en la caverna, por lo menos era real. Y un día, cuando la radiación en la superficie disminuyera lo suficiente, sus nietos o bisnietos saldrían de las profundidades para reclamar su planeta.